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domingo, 30 de enero de 2011

Mysterium docentiae. Por Jacobo Dopico Gómez Aller

I

Admiro la labor profesional de muchísimos compañeros. Leo sus trabajos, oigo sus conferencias, les sigo en seminarios... pero me refiero sólo a su labor investigadora. Sus dotes como docentes me resultan absolutamente desconocidas. Salvo comentarios aislados sobre concretos compañeros que destacan porque los alumnos los valoran extraordinariamente (extraordinariamente bien o extraordinariamente mal), no sé nada de su trabajo profesoral. La calidad de los docentes es un misterio en la Universidad.

A día de hoy las instituciones ignoran quién es un buen profesor. Sólo los alumnos lo saben... pero la comunicación entre alumnos e institución en este punto es peculiar. Las encuestas a los alumnos, hasta donde sabemos, con frecuencia no discriminan entre un profesor ameno y agradable de un profesor ameno y bueno. Y es que desde la perspectiva del alumnado, son positivos todos los factores que hacen agradable la experiencia discente: así, tan positiva es la real calidad docente o la amenidad de la explicación... como la simpatía, el gracejo personal o que el profesor no sea excesivamente riguroso en sus calificaciones. Todos conocemos profesores que no eran unos grandes docentes, pero sí personas amables y simpáticas, y obtenían calificaciones infinitamente mejores que grandes juristas con pocas dotes sociales.

II

Es también un grave error pretender valorar la calidad docente en una Facultad de Derecho atendiendo a si el docente elabora materiales que luego cuelga en la web de la Universidad. En el ámbito del Derecho se cuenta con un corpus de materiales docentes amplio y variadísimo (tanto en su orientación como en su calidad): manuales, “esquemas docentes”, lecciones, tratados... Pero lo que se promociona por este expediente es que los docentes elaboren unos materiales que casi nunca alcanzan el estándar de calidad que se necesitaría para su publicación: en el mejor de los casos, borradores de apuntes cuyo autor no se atrevería a enviar a una editorial comercial.

(No confundamos “elaborar” materiales con “colgar” materiales. Las plataformas informáticas podrían emplearse para promocionar la ampliación de los materiales de estudio de los alumnos proporcionándoles online selecciones jurisprudenciales o artículos de revistas especializadas, a los que lamentablemente no suelen acudir si no se les ponen en bandeja. Pero lo triste es que como las instituciones evalúan al profesor atendiendo a si elabora materiales que luego cuelga, la consecuencia es frecuentemente la que acabo de señalar).

III

He asistido a no menos de diez cursos de formación docente mayoritariamente impartidos pedagogos. Por supuesto, no me opongo a la idea de que hay que formar a los formadores. Pero los cursos impartidos por pedagogos que se han impuesto en las Universidades (al menos, los que yo he conocido) sólo merecen la calificación de estafa. Stricto sensu. Un pedabob... pedagogo que no ha impartido profesionalmente docencia reglada a adultos no puede pretender formar en la docencia universitaria a profesores universitarios con diez años de experiencia.

Distintas han sido las experiencias (insisto: al menos, las que yo he conocido) en las que docentes senior han organizado seminarios sobre docencia. En mi Universidad he asistido años ha a dos. Han sido muy enriquecedores, divertidos y, si me apuran, con su puntito de morbo: ya saben que casi nadie da clase ante sus compañeros. Asistir a ese desnudo integral docente ha sido toda una experiencia.

Pero lamentablemente la mayoría de los cursos de formación de los que he tenido noticia en las Facultades de Derecho han sido los tradicionales cursos de pedabob.. pedagogos. Algunos de ellos nos han legado geniales episodios de la Historia Universal del Ridículo, que con humor y agudeza nos ha relatado García Amado.

En resumen: a día de hoy y con este panorama, evaluar la calidad docente atendiendo a cuántos de estos cursos se han seguido es como analizar la calidad alimentaria de un cocido atendiendo a cuántas ratas muertas se han echado en la cazuela.

IV

La docencia es la tarea primordial en la Universidad. La investigación puede realizarse en otra clase de instituciones, pero la docencia reglada en Leyes, Medicina, Ingeniería, estudios avanzados de Física o Matemáticas... sólo puede impartirse en una Universidad.

Y somos conscientes de que en este punto seguimos cuesta abajo. La cultura del apuntismo, las clases en las que el profesor se dedica a repetir los manuales (en el mejor de los casos; en el peor, repite a su vez apuntes ya amarillentos y acartonados), la docencia vivida como estorbo para la investigación, etc. es una plaga silenciosa de la que las instituciones casi no tienen información, porque transcurre lejos de la mirada de los pares (y, como hemos dicho, la información que proviene de los alumnos debe ser analizada conjuntamente con otros datos... a los que por lo general las instituciones no tienen acceso).

Por supuesto que es necesario abordar con seriedad la evaluación y mejora de la docencia universitaria. Pero los tristes parches que hemos sufrido en los últimos años han sido peores que la enfermedad. Seguramente por nuestra mala suerte, a día de hoy el mundillo de la “calidad docente” nos ha mostrado un rostro esperpéntico y de una ínfima profesionalidad, oculto tras una pantalla de palabrería vana. Detrás de ese velo de la ignorancia sin duda abundarán buenos profesionales, sinceramente preocupados por la mejora de la docencia. Pero por ese mysterium docentiae, desde fuera nos resulta imposible distinguir al profesional responsable... del incompetente que busca en la “calidad docente” un nicho profesional alejado de la luz, los taquígrafos y el control de los pares.

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